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8° ENCUENTRO. UN RECUERDO DE MI INFANCIA CON OCHO AÑOS DE EDAD.


Para el siguiente encuentro se ha  propuesto escribir un relato en el que evocaremos un recuerdo que nos lleve a nuestra infancia, cuando teníamos ocho años de edad. En casa, en la escuela, con amigos o amigas, en un viaje, en un cumpleaños... Como siempre el formato es libre y debería publicarse en el blog, como tarde, el lunes 1 de agosto. El encuentro será el martes 2 de agosto, a las 20:00hs., en la playa y en la nueva ubicación.  Picnic literario/playero.

Comentaris

Marcal Mora ha dit…
RECUERDOS DE NIÑEZ Y CICATRICES EN EL ALMA - Valentín
Todos fuimos niños y siempre lo seremos
Recuerdos en nuestros cuerpos tenemos
Cicatrices en el alma
Que reviven en mi la niñez
Sigo siendo un niño en mi interior
Y me niego a crecer
¡Disfruto tanto del azúcar!
¡Al igual que del chocolate!
Me emociono tanto al hacerlo
Mas ahora viendo a mi nieto crecer
Con esa candidez
Con esa ternura
Poder sonreír y amar sin condiciones
¿Dónde he dejado mi niñez?
¡Quiero ser niño otra vez!
Sin preocupación alguna
Sin pensar que vendrá después
Recuerdos, recuerdos, recuerdos
Aquel fatídico día
Que cambio mi vida por completo
Corto mis sueños y anhelos

A la edad de ocho años
Deje de sonreír
De jugar con mis amigos
De sentirme tan feliz
De repente sin querer
Me abocaron a soñar despierto
Aquellos días de alegría
Que sentía yo en mis adentros
Que yo conocí siendo niño
¿Por qué el destino se cebó?
¡Y me hizo tanto daño!
Cada noche yo soñaba
Que al despertar por la mañana
Estaría de nuevo jugando con mis amigos
Pedro, Marçal, José, Tomas
Esa alegría de correr
Sobre ese caballo hecho de caña
Siempre atado a la ventana
La pistola en el cinto
Como Billy el niño me sentía
Ellos eran mi banda
En el parque, en la calle
No teníamos fronteras
Nos pertenecía todo

La tierra entera
Robábamos sandias o melones
A los árboles pedíamos prestados
Higos o melocotones
De la tienda del Tomas
Algún caramelo o cromo también
Distrayéndolo corriendo en su interior
Aprovechando su distracción
Como olvidar la vieja Tomasa
Nuestra profesora llena de ternura
Con ella nadie estudiaba
Pero estaba Don Rafael
Ese era un hueso duro de roer
Se ensañaba con nosotros
Su frustración
Seguro que aún era virgen
Y no había conocido a ninguna mujer
El muy cabron
Con su regla entre sus manos
Vigilaba nuestra inocencia
Por descuido nos pillaba
Con algunas de nuestras ocurrencias
A mí con la goma de tirachinas
Tirando papelitos a Manuela

Era mi primer amor
A los otros, uno con el boli bic tirando arroz
Otro pasando notas de pupitre a pupitre
El caso es que le gustaba ensañarse
Te hacia poner la mano abierta
Golpeándote sin titubear
Gozando con cada golpe
El muy cabron
Muchos años despues,alguno me conto
Que murió abandonado
Supongo que era un ser malvado
Y al sentirme capitán, con aquel barco de papel
Llevando como gorro uno también
Soñaba despierto viajar por los mares
Pero ese niño con el tiempo
Se dio cuenta, que cuando viniera la noche
Sería su refugio, su mundo particular
Ese año, tanto daño hizo en mi vida
Que jure y perjure, no volver ha tener más amigos y amigas
Mama nunca me conto
Y Papa tampoco
Que al tomar esa decisión, de cambiar sus vidas
Marchando a otra ciudad
Que eso sería el principio del comienzo
De muchos cambios en mi vida.
Por motivos económicos o de aventuras por igual

Que eso sería el principio del comienzo
De muchos cambios en mi vida.
Marcal Mora ha dit…
DAVID FOX


Toco el bordillo de la piscina cuando oigo por los altavoces mi quinta victoria. El locutor está eufórico y no parar de repetir mi nombre pero yo me concentro en recuperar la respiración, ralentizar los latidos de mi corazón y calmarme lo antes posible. Con los dos brazos me apoyo en el borde, intentando sonreír mientras miro asustado si detrás mio todo está bien. Llegan los otros deportistas, nadadores de élite que como yo compiten y se entrenan para las próximas semifinales. Otra vez el locutor recitando los tres primeros capitaneado por Fox y poniendo al día a los espectadores de mis victorias, acaba de contar que fui medalla de plata en las últimas olimpiadas. No es poca cosa. La gente cree que es fácil, fácil en el sentido que si te gusta lo que haces, y lo practicas a diario, pues eso, parece fácil, sale a la primera. O como mínimo, sale como tiene que salir, casi casi a la perfección, es un entrenamiento más, un día más dentro de mi actividad diaria, aunque esta vez con público y competidores que como yo tienen la misma rutina.
Pero mi caso es diferente, todos piensan que me gusta nadar y que por eso gano pero la verdad es que le tengo pánico, un pánico atroz por una tonteria de cuando era chico que no me acabo de quitar de la cabeza. Se me aparece sin más, justo cuando estoy en el centro del agua. Cuando entreno solo mi pavor se agranda y es cuando bato mis propios récords. Tengo al entrenador furioso, sólo pasa cuando él no está, cuando se ha ido un momento al despacho o a hacer pis y noto ese vacío, esa soledad en medio de la piscina que me asfixia, que me atraganta, que me pone como loco, y quiero salir de allí, nado y nado con todas mis fuerzas. Esta vez no me engullirá y así pasa de vez en cuando, que acelero y llego en tiempo récord, en un exitoso minutaje aún no registrado, en una victoria sola y vacía que me embarga de espanto y de bronca y felicitación por parte del entrenador que sale corriendo a mi encuentro desde no se dónde.
De chico, vi una película pero no se con certeza si era de James Bond o de algún agente secreto pero tengo grabado en mi memoria como el fondo de una piscina se abría como si fueran las puertas de un garaje, mientras se vaciaba por completo y salia de sus profundidades un magnífico coche deportivo que al rato acababa en el fondo del mar convertido en submarino. La imagen de que la piscina se abriera en canal me caló y me traumatizó. Desde aquel entonces, meterme en una piscina es un peligro, si me baño solo aún más, puedo nadar rondando las esquinas, cerca de las escaleras pero cuando consigo suficiente valor, se me aparece aquella imagen, aquella sensación de que el suelo se parte, se abre en dos y yo soy engullido. No puedo soportarlo, es una imagen recurrente en mi cuando estoy en medio de la trazada, cuando a mitad de camino, en mi carril imagino como los azulejos azules se separan. Mi corazón se acelera y con él, el susto y el pánico empieza a apoderarse de mi, mi única salida es seguir nadando, nadar mas rápido, con mas fuerza, como si me fuera la vida y en mi interior, aunque sé que no es así, no acabo de desbloquear ese sentimiento, esa percepción de lo que esta a punto de sucederme y nado, nado y nado para salvarme, para escabullirme de esa cursilería infantil que llevo dentro pero que me domina, me atrapa y hace que me desespere. Si lo trato, si lo hablo, si voy al psicólogo, dejaré de ser el primero, el campeón de natación, el reventa marcas. Y no puedo permitirlo, me debo a mi carrera y a mi profesión aunque le tenga un pánico terrible. Dichosa infancia.
Unknown ha dit…
Golpes de inocencia
Haydee Nilda Vargas G.
Primera parte

Oculta entre las ramas de una higuera que cubre parte de la barda que rodea la casa, sigo en silencio el trajín de mis hermanos pequeños. Me buscan para jugar. Me divierto al escuchar sus llamadas. Miro expectante cómo recorren el patio. No me decido a salir de mi escondite. Después de todo, solo les interesa acaparar juguetes: pelotas, las bolillas de vidrio, hasta los caballos de palo con los que hacemos carreras. Cuando cogen uno dicen la palabra mágica: mío, seguros de su conquista. En la clase de historia, día antes del 23 de marzo, el profesor nos dijo que el ejército chileno hizo algo parecido. Avanzó sobre la costa marítima de Bolivia y no retrocedió ni un milímetro. Desde entonces nos quedamos sin salida al mar. Una actitud primitiva como la del tigre, jefe de manada, interesado en dominar su territorio y ampliarlo a su gusto. Esto del tigre lo había leído hace mucho en Billiken, la revista que nos llega cada mes. Aunque soy mayor que mis hermanos no actúo como el tigre, dejo que jueguen con todo lo que tenemos a nuestro alcance, a pesar de que poco a poco mis juguetes van cambiando de propietario.
Mi hermana echa piedritas al pequeño charco de agua que dejó la lluvia de anoche en el patio de casa. Mi hermano pequeño arrastra mi muñeca de trapo sobre el piso húmedo. Él intenta quitar piedritas a mi hermana, pero no lo consigue. Con furia contenida y toda la fuerza de sus tres años levanta la muñeca y la tira al charco:
- ¡Mamá, mi muñeca! Grito con todo el dolor que sale desde lo más profundo de mi pequeño corazón. Salgo de mi escondite, impulsada por el resorte de mi desesperación y lloro sin consuelo. Mi madre se acerca y saca a la muñeca del agua. Su carita de trapo da pena, sus cabellos de lana color chocolate parecen encogidos. Su vestido a cuadros rojos y azules chorrea agua sucia. Mi madre nos lleva al corredor de la casa y asegura la reja de salida. Ella dijo que fue un accidente y que dará un baño a la muñeca y quedará como nueva. La obra artística creada por mi madre está dañada. La muñeca de porcelana que compró mi padre en Sucre la tienen bajo llave, solo jugamos con ella y, el rompecabezas con figuras de animales, en presencia de mis padres.
Unknown ha dit…
Golpes de inocencia

Segunda parte

El enojo de los niños pasa tan rápido como un relámpago. He cogido un peine y cintas de colores. Peino una y otra vez el cabello rubio de mi hermanita; en algún momento la pobre lanza un ay cuando le hago daño. El pequeño juega con bolillas. Hice una trenza y la aseguro con cinta roja. La miro desde diversos ángulos y le digo que se ve más bonita que todas las muñecas del mundo. Mi hermano pretende apoderarse del peine, me resisto y mi hermana padece los tirones.
Han llamado a la puerta de calle, el pequeño escucha y se retira. Mi padre abre la puerta y alguien dice que el propio de don Francisco ha traído el paquete de Camiri. Hasta hace poco no entendía que era un propio, no encontré el significado en el diccionario. Mi padre me explicó que es el mensajero personal de una familia, que trae los encargos y mensajes de pueblos del sud este; como el chasqui de los incas, añadió para que no se me olvide. Mi padre se sienta en su silla del corredor y abre el paquete que le ha llegado en forma de tubo. Veo un rollo de periódicos y algunas cartas. ¡Sorpresa mi niña! Dice mi padre. Me alcanza la revista Billiken. Con curiosidad por hojearla me siento a su lado. Él se coloca sus lentes y empieza a leer. Yo paso las hojas de la revista, me detengo en algunas páginas que tienen pequeñas historias ilustradas. A mis hermanos no les interesa lo que hacemos y se apartan a jugar con bolillas y payasos de cartón coloreado.
Cae el sol. La tarde, antes de irse, trae una brisa agradable. Es la mejor hora para jugar con los niños de la vecindad. Todos han hecho sus deberes, llegan para jugar a las escondidas, a la mancha o a saltar la cuerda. Algunas veces, mientras nos decidimos por el juego, los niños hablan despacio y se ríen. Las niñas tenemos el signo de interrogación en los ojos porque no nos enteramos. Cuchichean como las comadres, les digo. Me miran y se les escapa alguna risita. Hoy no les doy importancia y sugiero jugar a la mancha. Todos se colocan en círculo. Debo contar hasta diez, al que le toque tendrá la mancha. Empieza el conteo, un vivillo se cambia de sitio; entonces me salto al contar. No vale, no vale, gritan algunos. Haces trampa, gritan otros. Digo diez y empiezo a correr. He dado vueltas al naranjo, pasé varias veces por debajo del parral y la higuera. No quise subir a la guayabilla como hicieron algunos niños. Vi que la rejilla del corredor estaba abierta y entré como un rayo, el compañero que me perseguía también se coló detrás de mí. Me subí a un asiento de madera para escapar de mi perseguidor, resbalé y me golpeé el pecho. Un dolor indescriptible me dejó en el piso doblada en dos. Se acabó el juego, todos a sus casas, dijo mi madre que se acercó para consolarme. Me toqué el pecho y comprobé que tenía dos pequeños bultos, como los chichones que nos hacemos en la cabeza cuando nos golpeamos. Mi padre, que acababa de llegar del campo, preguntó por lo sucedido. Con voz entrecortada dije:
-¡Mira! Levanté el vestido para que vea el daño que me hice por el golpe. Pobrecita, fue su respuesta y añadió: Se acabaron los juegos torpes con los chicos. Desde hoy solo jugarás con tus hermanos y amigas.
Haydee Nilda Vargas G.
Pedro ha dit…
UN NIÑO DE OCHO AÑOS Y UNA CHICA DE VEINTIDÓS.
Parte 1

El primer día de clase del tercer curso de la escuela primaria no lloré. Y no lloré porque aun siendo el primer día en la nueva escuela no me sentí asustado. Aunque quizás sí que lloré un poco cuando mamá se fue dejándome solo frente a la entrada de un universo completamente nuevo para mí. Lo de que lloré no se lo contéis a nadie porque me da un poco de vergüenza. Nos habíamos mudado de piso y de barrio y mi escuela del primer y segundo año quedaba ahora muy lejos para que yo fuera y volviera a casa solo porque mamá tenía que trabajar desde muy temprano y no podía llevarme cada mañana ni tampoco venir a buscarme a la salida cada tarde. Por suerte quedaba a dos calles de distancia y yo no tenía que cruzar ninguna avenida de esas peligrosas con cuatro carriles en los que no paraban de pasar coches, camiones y autobuses.

A la semana de haber empezado las clases ya tenía dos amigos y una amiga con los que volvíamos a nuestras casas andando por las mismas dos calles que me llevaban a la mía. Ellos seguían su camino pero no supe hasta casi cinco meses más tarde dónde quedaban las suyas porque en ese tiempo los tres cumplieron años y me invitaron a sus fiestas. Yo también les invité a mi cumple, a ellos y a más compañeros también, pero no a toda la clase. A veces me pregunto qué se habrá hecho de ellos, Martín, Raúl y Maricarmen. Y también de Óscar, Juanito, Susi, Roberto, Loli, Santi y otros de los que ahora, sesenta años más tarde, no recuerdo sus nombres y apenas sus caras.

Pero de ella no me he olvidado. Mercedes, Mercedes Santisteban, la profesora de gimnasia. Alta, rubia, sus ojos enormes parecían sonreír eternamente como si nada le causara pena o dolor. La veía todos los martes y jueves en la única actividad extraescolar a la que no falté ni uno solo de esos días, y eso que la gimnasia no me gustaba nada de nada. Pero ella sí. Y me enamoré tan perdidamente que una vez estuve a punto de pedirle que fuera mi novia de verdad. Claro que con ocho años no tenía ni idea de cómo en verdad era ese amor, el de los enamorados, pero aun así recuerdo haberlo sentido como el primero de mi vida.

Un día se lo conté a mamá. No se rió de mí, pero me dijo que el amor era otra cosa y me prometió que algún día encontraría a mi novia de verdad para siempre porque que era muy difícil que un niño de ocho años, “casi nueve” dije yo, pudiera ser el novio de una chica de veintidós. Aun así no dejé de ir a ninguna de las clases de extraescolares. Y para intentar que esa barrera, la de la edad, se pudiera romper, yo me esforzaba en hacer más flexiones que nadie, más ejercicios de cintura que nadie, correr alrededor del patio más rápido que nadie y demostrarle, con permanentes y enérgicos asentimientos con mi cabeza a cada observación que hacía a otro alumno, para corregirle cómo debía hacer bien un determinado ejercicio, porque creía firmemente que así acabaría viendo en mí a su futuro novio y compañero de clases como ayudante.

Y entonces llegó el final del curso, y con él mi desolación más absoluta y dolorosa.
- Seño, ¿vendrá el año que viene?, le pregunté.
- ¡No lo sé!, contestó.
- ¿Y cuándo lo sabrá?
- ¡Pues el año que viene! Y mientras decía eso sus ojos me sonreían aún más.
- ¿Y será la profesora de gimnasia de cuarto?
- ¡No lo sé, Albertito!
“Albertito”. Odié que me dijera Albertito porque le estaba hablando a un niño, no a su futuro novio. Y el niño era yo.
Pedro ha dit…
UN NIÑO DE OCHO AÑOS Y UNA CHICA DE VEINTIDÓS.
Parte 2 y última.

De esos últimos días de clase, lloré las noches. Llegaron las vacaciones y no volví a pensar en ella. Pasaron los meses y los años. Acabé la primaria, la secundaria, la universidad y me convertí en un joven arquitecto con todo en la cabeza y nada en los brazos.

Fue al escribir esto, que recordé lo que mamá me dijo aquella vez que le confesé mi amor por la profe, que era muy difícil que un niño de ocho años pudiera ser el novio de una chica de veintidós.

Pero que un chico de veintidós pudiera enamorarse y enamorar a una chica de treinta y seis y acabaran casándose, es más que posible.

Una tarde, hace ya casi cuarenta años, de compras en una tienda de muebles la volví a ver. Sus ojos seguían sonriendo como entonces.
Sonia ha dit…
Sonia Avellaneda.

Merceditas.

Mi primer “simpa”, o sea, irse sin pagar de un sitio, fue con mi abuela. Esa tarde
mi yaya se vistió con su mejores galas: traje de chaqueta granate, collar de perlas y
pendientes de oro, que era mejor lucir antes de que los vendiera, zapatos de charol,
carmín en los labios y brillantina en su pelo, a lo Ava Gardner. Parecía una gran dama
de la zona de Sarrià o Pedralbes. A mí me peinó dos coletas muy tirantes a los lados que
hacía que los ojos se me rasgaran de golpe, lustró con aceite de visón las grietas de mis
ajadas Merceditas, me planchó el vestido de flores reservado para los domingos y
salimos orgullosas a la calle desprendiendo olor a colonia de droguería y a emoción de
nueva aventura.
Fuimos en autobús hasta la Ronda San Antonio y entramos en la cafetería
Caracas porque según mi yaya hacían el mejor chocolate a la taza de toda Barcelona.
Una vez allí, nos sentamos una frente a otra en una de las mesas y leímos con atención
la carta de meriendas mientras yo empezaba a salivar cual perro de Pávlov, ya que en
esa ocasión tan especial mi yaya me permitió escoger todo lo que me apeteciera, sin
pensar en lo que iba a costar. Es más, tapamos la última columna de la carta, en la que
aparecían los precios, para que así pudiésemos escoger desde el estómago y no desde el
bolsillo.
Saboreamos nuestros manjares como si tuviésemos todo el tiempo del mundo, ni
siquiera hablábamos, solo expresábamos nuestro deleite a través de sonidos guturales de
placer y gozo. Lo que tenía que ser una merienda frugal se convirtió en un festín
celestial: chocolate caliente, ensaimadas rellenas de cabello de ángel, churros y porras
crujientes, cruasanes de mantequilla, milhojas de frutas, magdalenas con canela,
horchata valenciana, xuxos de crema rebozados en azúcar, batido de fresa y helado de
vainilla con sirope de caramelo.
Cuando ya estábamos a punto de reventar, nos levantamos como pudimos y
lentamente pero con paso firme, nos dirigimos hacia la salida. Antes de cruzar el umbral
de la puerta, el camarero le gritó a mi abuela:
-¡Señora!
Y después de un breve silencio que a mi yaya le pareció eterno, le preguntó:
“¿estaba todo a su gusto?”. A lo que ella contestó dando un suave giro sobre sí misma
cual bailarina de danza clásica: “Estaba todo buenísimo. Sin duda, repetiremos,
querido”. Y ni cortas ni perezosas, salimos de la cafetería con la cabeza bien alta y la
vergüenza bien baja.
Cuando pregunté a mi abuela por qué no había pagado, me dijo con tono
solemne: “no te preocupes, mi niña, ya vendré a pagar luego”. Y yo la creí, como creía
todo lo que me decía. Sus palabras eran mi credo, sus actos mi religión, y su cariño, mi
templo.

Sonia ha dit…
Merceditas. Parte II

Seguimos nuestra ruta Ramblas abajo hasta casa, cogidas de la mano,
sintiéndonos intrépidas, osadas, felices y medio bellacas. Aún recuerdo flotar en mis
nuevas Merceditas color azul, aún recuerdo el corazón latiéndome en los pies, aún
recuerdo su guiño cómplice, su mirada traviesa y su inmensa y pícara sonrisa.
Aquella noche sufrí un empacho que me tuvo todo el día siguiente en la cama a
base de sales de fruta, sopa de pollo de sobre y agua de la Virgen del Carmen que no
recuerdo si me aliviaba más por el efecto de la autosugestión o por la embriaguez que
me provocaba el alcohol que su fórmula llevaba. Pero una cosa sí recuerdo con gran
intensidad, cada vez que me incorporaba para mirar las Merceditas azules a los pies del
sofá, me sentía renacer.
Qué ricas éramos mi yaya y yo que podíamos tener todo lo que deseáramos. Ella
era mi hada madrina particular, genuina, atrevida, astuta, perspicaz, resuelta y hasta
descarada. Y una vez más, me había vuelto a conceder un mágico deseo: vivir, junto a ella, una inolvidable tarde de película.
Anni ha dit…
-Mama, mama … Quin dia toca “gimnasia”?
- Titina, gimnàstica toca els divendres, ja ho saps, d´aquí tres dies.

-Mama, mama … demà toca “Gimnasia”?
- No, Titina, d´aquí dos dies.

-Mama, mama … és demà que toca “Gimnasia”?
- Sí, Titina, demà. No t´oblidis de posar la tovallola a la bossa.

Mañana. Mañana toca gimnasia, mañana es viernes, mañana llega papá.
A mamá le pregunto por el día que toca gimnasia porque preguntarle por papa significa recordarle sus ausencias. Con el tiempo ella adivina mi estratagema y al despertarme por las mañanas con un beso, exclama sonriendo mientras abre las persianas … ja queda un dia menys per la clase de gimnàstica!
Miro en el armario y le pido permiso para ponerme el vestido azul. Tiene que ser ese porque tiene unas florecitas rojas que hacen conjunto con mis zapatos rojos y los lacitos rojos de mis trenzas.
Cada viernes después de la salida del colegio, después de bañarnos vamos a esperar a mi padre al aeropuerto. Mi madre, mi hermana y yo. Nos ponemos bonitas, aunque mi madre siempre lo está, cogemos un taxi y vamos a la estación a tomar el tren que nos llevará al aeropuerto. Allí, mientras aguardamos en la terminal, mama traiciona sus principios macrobióticos y nos permite merendar un Frankfurt o un Bikini. Ni uno ni otro me gustan demasiado pero no quiero fastidiarle a mi hermana nuestro espacio de libertad gastronómica semanal.
Sobre las ocho es la hora que llega papá de cualquier parte del mundo, buscamos su vuelo en las pantallas y mi madre nos entretiene jugando al veo veo. Siempre soy la primera en ver a papá en la puerta de llegadas, es muy guapo y enseguida nos sonríe. Y entonces la misma pantomima de siempre, la de arrodillarse, porque sabe que ese gesto incomoda a mi timidez, después ese código tan nuestro de guiñarme un ojo para decirme ¡va por ti!, de abrir los brazos, uno para Gigi, otro para mí y el largo beso en los labios para mamá.
Volvemos a casa los cuatro en taxi, cenamos en la cocina, mamá que ha dejado la cena lista antes de irnos ha cocinado algo que le guste mucho a papá y ellos hablan y se cuentan la semana, yo escucho, papá habla de ciudades, de gentes distintas, de cosas que no conozco y de vez en cuando me pregunta cómo imagino esos lugares y yo le contesto y soy feliz. Gigi que ya ha tenido bastante de reencuentro familiar, ha preferido cenar con una bandeja en el comedor viendo el 1,2,3.
Gigi, es pura magia, una cabecita colmada de tirabuzones y unos grandes y pícaros ojos negros. Todos y yo, subyugados, a su rosa, a su purpurina, a su brillo y su propia infantilidad. Los domingos después de comer nos cita inexcusablemente en el salón previo pago de cinco pesetas para mostrarnos el espectáculo que ha preparado durante la semana, excusa perfecta para maquillarse con las pinturas de mamá, ponerse ropa que no es suya y cobrarnos una entrada con la que ahorrar para comprarse cualquier cosa que nunca comprará, utiliza ese dinerito para comprarse un Tigretón a escondecucas de mi madre. A mí me devuelve las cinco pesetas, mi silencio tiene un precio.
Admiro a mamá, pero quiero ser como papa. Cuando sea mayor quiero atesorar sus libros, saber de qué están hechos los mares y porqué vuelan las nubes, un despacho, sus libros, su risa y sus viajes porque el mundo debe ser increíble si lo prefiere a él a pasar la semana fuera de casa sin nosotras.
Intento ayudar a mamá en casa, pero no sé si sé, creo que a veces se siente luchando sola, los negocios, la casa, nosotras y ese afán suyo de querer cambiar el mundo, de batallar contra sus miedos y de escondernos las costuras de sus cicatrices.
Anni ha dit…
Y ella me ve, igualita a papá, tan distinta, tan libre de espíritu y tan esclava de emociones y sentimientos. Sabe que no quiero maquillaje, no me gusta el color rosa, no quiero vestir muñecas ni fiestas de cumpleaños. Sabe que me gustaría vivir con Tom Sawyer, viajar con El Corsario Negro, cabalgar con Pipi Calzaslargas y el honor de Orzowei. No quiero ver a Marco y sufrir porque no encuentra a su madre, no quiero ver a Heidi, ni a Bambi, me hacen llorar.
Sé que sufre por mí, tan pequeña, siempre las más pequeña de los cosmos que nos rodean. Sé cómo me mira intentando descubrir en mis largos silencios que árbol estaré trepando, en que estrellas voy navegando o el nombre que le pondré a mi futuro caballo.
Antes de acostarnos y después del beso papá le regalará a Gigi una pequeña muñeca o una pulsera, un collar o tres pesetas para contribuir al pago de sus dulces pecados, a mí me dará unos zapatos rojos o un cuento, un libro, a veces en un idioma que no conozco y me regalará la posibilidad de descubrir palabras, idiomas, mares, montañas, gentes y todo un mundo que me espera.

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6° ENCUENTRO. RELATO DE HUMOR.

  Para el siguiente encuentro se ha determinado escribir un relato de humor. El formato es libre y de cualquier tipo de humor: blanco, negro, absurdo, verde, amarillo... Se ha de publicar en el blog, como fecha límite, el lunes cuatro de julio. Si no se plantea una alternativa, la cita es en la playa delante del hotel Taurus de Pineda, el miércoles seis de julio a las 20:00h. Al igual que en el anterior encuentro disfrutaremos de un picnic literario playero.

7° ENCUENTRO. LA PRIMERA PERSONA QUE VEAMOS AL SALIR DE CASA.

Ahí va... Un personaje, vamos a dibujar la vida o el contexto de alguien al que veremos solo durante un instante un lunes por la mañana. Hombre? Mujer? A dónde se dirige? O quizás esta regresando? Se la ve feliz o quizás va a trabajar resignada? Va sola o alguien la coge de la mano?  Lleva bolso con papeles? Una cartera? Come en el trabajo?... Puede ser que revise el WhatsApp a la vez que anda camino de la estación o lleva las llaves del coche en la mano? Recordad que se deberían publicar los escritos, como tarde, el próximo lunes 18, y que si no hay inconveniente alguno nos encontraremos el martes 19, en la playa frente al Taurus. Picnic literario .