Ahí va... Un personaje, vamos a dibujar la vida o el contexto de alguien al que veremos solo durante un instante un lunes por la mañana. Hombre? Mujer? A dónde se dirige? O quizás esta regresando? Se la ve feliz o quizás va a trabajar resignada? Va sola o alguien la coge de la mano? Lleva bolso con papeles? Una cartera? Come en el trabajo?... Puede ser que revise el WhatsApp a la vez que anda camino de la estación o lleva las llaves del coche en la mano?
Recordad que se deberían publicar los escritos, como tarde, el próximo lunes 18, y que si no hay inconveniente alguno nos encontraremos el martes 19, en la playa frente al Taurus. Picnic literario.

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Una persona está abriendo una puerta metálica, fijo mi vista en ella, es una persona con ropas bastante gastadas, me mira fijamente, durante unos segundos, sus ojos son expresivos, su pensamiento se le ve en su mirada, (está pensando que soy una persona sospechosa, todo vestido de negro en pleno julio), yo también sospeché de él.
¿Qué hace abriendo una puerta metálica en una zona donde no pasa nadie normalmente?
Los dos continuamos aguantando la mirada, lo tengo claro, era una persona muy desconfiada, yo también desconfié.
¿Por qué dejo la puerta sin abrir al llegar yo?
Justo al pasar delante de la puerta, mirando de reojo, puedo ver un coche de alta gama en el interior del local, muchas preguntas me vienen a la mente.
¿Está robando? Es la primera de ellas.
Cuando ya pase unos metros, me paro como si fuera a encender un cigarrillo, me giro ligeramente para poder ver lo que sucedía.
Un gran coche todoterreno sale y unos segundos después enganchan un remolque con unos perros, me quede más tranquilo, era un cazador que sacaba a sus perros por la mañana para que se ejercitaran un poco, al no poder cazar su hobby es sacar los perros a correr.
La pude ver con total claridad. Yo iba en coche, y mientras esperaba a que el semáforo cambiara a verde, vi cómo ella y su acompañante cruzaban el paso de cebra. Yo estaba en mi mundo, pero la vi. Como una aparición, como la refracción de la luz en un prisma, que se descompone y dispara colores.
Ese día vi a mi madre. Iba en una silla de ruedas, que empujaba una mujer que tendría más o menos mi edad. ¿Era su hija, o era alguien que se dedicaba a cuidarla, y el hecho de ser aproximadamente de mi edad era fortuito, pese a añadir más misterio a aquel misterio? Confieso que no pude por menos de preguntarme sobre la relación que habría entre ambas.
O puede que no fuera mi madre aquella mujer que me hizo llorar cuando la vi, con su cara blanquita y su pelo algodonoso, de hebras del color del oro que enmarcaba su cabeza como un halo.
Sí, fue mi madre quien se hizo presente para calmar mis ansias de ser con ella. Por un momento accedí a su mundo hermético, a su dimensión corpórea, que abandonó en otro tiempo y en otro lugar para volver sólo unos segundos –eternos segundos que quise prolongar- para recordarme que me amaba.
Aquella dama antigua, aquella madre que volvía como una santa en procesión, hizo que mi corazón diera un vuelco.
Iba erguida, serena y digna en su vehículo al aire libre, con la mirada al frente y los labios pintados de un color rosa pálido, tal vez con uno de aquellos lápices labiales suyos, que olían a clavo y a colonia Mirurgia. En cuanto a la otra mujer, la más joven, pude distinguir cierta tensión en los brazos y diligencia en las piernas, como si temiera que la anciana pudiera desintegrarse en el calor infame de agosto.
¡Aquella mujer tenía que ser mi madre! Era imposible que no fuera ella. Frágil en sus últimos años, dependiente de unas manos, de unos cuidados, sin perder la sonrisa, con los ojos tan bondadosos que a veces me desarmaban, porque en modo alguno reflejaban ira o contrariedad, sino a veces dolor, y otras veces perplejidad.
Mi madre: una mujer de infinitas ventanas; una casa abierta, sin puertas, con corrientes, y cristales de mil reflejos que cambiaban del amanecer a la tarde, del invierno al verano, con transiciones de arco iris, gotas de lluvia y bloques de escarcha. Ventanas también con vaho en el interior, ventanas en las que yo escribía mis primeras letras después de calentarme las manos en la misma placa de hierro colado donde hervía una cazuela demorada.
Era tan transparente que los pájaros chocaban contra ella, querían fundirse con ella, pero antes le regalaban sus trinos alegres desde las ramas de las acacias, mientras esperaban a que el sol abriera brechas para entrar en aquel cristal que parecía el agua de una cascada en la distancia.
Mi madre sabía que ser transparente tenía sus riesgos. Y no sólo porque los pájaros la amaran demasiado, la amaran por su transparencia y por su agua. Y no sólo porque no podía ocultarse tras los muros, ya que había sido construída de esa manera tan especial, y por eso nunca se protegía con cortinas ni persianas. Ella amaba la luz y la luz la amaba a ella.
De ahí su agitación en las noches de cielo cubierto y sin luna, en las noches en general. Lo oscuro y lo opaco eran su asignatura pendiente. Yo intuía que debía atravesar las galerías infinitas de su corazón –también las más oscuras- para adquirir la fuerza necesaria que requiere la vida. Porque la vida es también lo sucio, lo que el sol descubre cuando perfora y abre las grietas más profundas en el cristal, y el cristal ya no es cascada de agua.
Porque la luz es también rayo, y muerte, y mi madre nada puede hacer, y el sol la rompe como a una lámina indefensa.
PRIMERA PARTE
Casi tropezamos el uno contra el otro por culpa de lo estrecho de la acera de la calle en la que vivo. También podría haber sido porque los lunes por la mañana tardo más en despejar el cerebro aunque haya dormido una cantidad suficiente de horas esa noche. Mi cabeza aún estaba envuelta por esa especie de telaraña matutina que acabaría desapareciendo a media mañana. ¿O sería por la suma de ambos elementos? Aunque no suelo tropezar con la gente al salir de casa porque sé que siempre está la misma estrecha acera.
Apenas pude hacer su fotografía, un par de segundos son muy pocos para tal fin, y mucho menos su radiografía. Sí que noté su porte, su andar cansino, o cansado, no lo sé muy bien. Algo más bajo que yo y algo mayor que yo. Llevaba un vetusto abrigo oscuro con las anchas solapas levantadas como si no quisiera mostrar su cara. Lo que me llamó la atención fue el color de sus zapatos, marrones pero con las puntas de color rojizo. “Horribles”, pensé. Creo que llegué a oír el tintineo que produce, al ritmo del andar, un juego de llaves rehenes en un llavero que descansa en el fondo del bolsillo de unos pantalones. No me giré para verle una vez que terminó nuestro cruce y se alejó detrás de mí.
En el autobús que me lleva cada mañana al trabajo no pude dejar de pensar en ese individuo. Seguramente él también estaba camino de su trabajo, imaginé, aunque tal vez en realidad volvía a su casa después de trabajar en una fábrica en el turno de noche. Entonces probablemente le esperaba su esposa con un café calentito y unas tostadas untadas con mantequilla y miel. ¿O vivía solo? Si así era, seguramente desayunaba en algún bar cercano a su casa porque tras una noche de trabajo en una fábrica, pocas ganas de untar pan le quedarían. Un café con leche y un cruasán le estarían esperando dispuestos en su mesa de siempre; allí también hojearía el periódico del día. No podía dejar de pensar en él, porque también cabía la posibilidad de que ya hubiese desayunado y hojeado el periódico en ese bar antes de nuestro fugaz encuentro, y se estuviera dirigiendo a su lugar de trabajo. Es más, llegué a otra conclusión, y era que si noté que su andar era cansino, lo más probable es que fuese el dueño de una tienda de marcos para cuadros y espejos a medida. Es el tipo de trabajo, el de tendero, que no sólo no te exige demasiado desgaste físico sino que además te va oxidando poco a poco inexorablemente. ¡Claro!, me dije, por eso sentí el tintineo de unas llaves, seguramente llevaba las dos o tres de su casa, más otras tantas de la tienda: la del candado que asegura la persiana, la de la cerradura de la puerta de entrada y la de la alarma. Concluí que esa era, con toda probabilidad, su ocupación.
SEGUNDA PARTE
Maldita sea mi cabeza, ¿no podría ser que se cruzase conmigo cuando en realidad se dirigía a mi domicilio llevando una notificación tan importante que merecía ser entregada en mano? ¿Una citación judicial o una reclamación de Hacienda? Una multa de tráfico no, porque no tengo ni coche ni moto. De mi banco tampoco porque cualquier problema con recibos o saldos me lo comunican con un mensaje de texto a través del móvil. ¿Sería uno de esos cobradores de empresas que te van a buscar a tu casa porque hace doce años no pagaste una factura del teléfono y ahora tratan de sacarte un dinero con amenazas de ponerte en las listas de morosos?
Esta tarde, cuando llegue a casa, miraré el buzón del portal y al abrir la puerta, miraré antes de entrar también el suelo del recibidor por si alguna citación la hubiese pasado por debajo de la puerta.
Al mediodía, mientras comía en la cocina de empleados de la empresa a la vez que miraba las noticias en el televisor, me alarmó la sección de sucesos. En ella un reportero cubría en directo la noticia de un presunto enésimo crimen machista que se había producido justo en el edificio vecino al de mi apartamento. Su relato decía así:
- Al parecer se trata de una mujer que habría sido brutalmente acuchillada hasta causarle la muerte. Según han manifestado algunos vecinos, vieron, a primera hora de la mañana, a un hombre salir del edificio de la víctima, sin demasiada prisa y creen que para no levantar sospechas. Era de mediana estatura, de entre cincuenta y sesenta años de edad aunque no podían asegurar si se trataba de la expareja de la víctima. El único rastro que habría dejado el asesino serían las huellas de pisadas de unos zapatos manchados con sangre. En cuanto tengamos más datos les iremos informando. Devolvemos la conexión.
No pude acabar mi bocadillo.
Por Valentín
Desde hace un mes y un día
Me cuesta tanto el dormir
Me cuesta tanto llegar, al ocaso
Terminó por fin este día
Solo con cerrar los ojos
Visualizo los suyos mirándome
Con ese encanto, con esa dulzura
Su mirada me derrite
Su mirada me interroga
Su mirada dice tanto
Tanto encubre su mirada
Sigo soñando, con mis ojos cerrados
Obligándomelos a no abrirlos soñando
Una noche mas
Dormir me cuesta tanto
Pero ya no se
Si duermo soñando
O sueño que estoy dormido
Se ha ciencia cierta
Que cuando termine la noche
Sera el final de mis sueños
Hoy por fin, he decidido
Poseer esa valentía ,pues Valentín me llamo
Así tener la gallardía
De decirle que la amo
Que solo sueño con ella
Desde aquel día, justo al cruzarnos
En el ascensor, sin querer roce su mano
Sentí tantas emociones
Despertó mi libido
De repente se juntaron
La lujuria, la pasión, el deseo
Cuando aúnas tantas cosas
Puedes cocinar una locura
O morir de amor, o morir en vida
Anulando tu intelecto
Solo pensando en ella
Ya todo cambio, en mi vida
Pase de estar desaliñado, a cambiar mi forma de vestir
De no afeitarme, a salir como un pincel
Oliendo a perfume por doquier
Intentando llamar su atención
Menos mal que yo trabajo en un Zara Man
Si no la ruina, me hubiera o hubiese
Causado también
Hoy por fin he decidido
Tener esa valentía
De decirle lo que siento
Con los ojos aun cerrados
Visualizo el momento
Preparo y reparo
En cada detalle
No quiero perder más el tiempo
Se, lo sé, seguro, que seré su amado
Por mucho tiempo
Los vecinos me contaron, que vive sola
Eso me da alas
Para acometer esta locura
Adelante valiente
Ya me arreglé como cada día
Me siento hasta más seguro
Seguro que me saldrá bien
Sonó el despertador, era la hora exacta
Para salir de mi casa
Bajar al portal
Hacerme el remolón
Desesperando ahí
Oyendo sus tacones llegar
Clin, clin, clin,
Mi corazón
Punpun,punpun,punpun,
A mil latidos por minuto
Escucho la puerta abrir
Es el momento, de salir del ascensor
Ahí esta tan bella
Como nunca la vi igual
Hoy por fin sería el día
Le dije con voz tímida
Buenos días, hola como estas
Me llamo Valentín
Con ironía remarque
Por eso tarde tanto, en hablarte así
Escuche absorto su respuesta
Al oír su timbre de voz
Ella me contesto
Yo Manolo, con voz muy grave
Aunque en el mundo Trans
Soy Manoli para los amigos
Por Dios que despropósito
Casi me da un infarto
Ahora que le digo
Con voz titubeante
Encantado Manolo
Te digo, que si necesitas algo
Soy tu vecino
Aquí me tienes
Para un caso excepcional
Buenos días y me fui caminando.
Haydee N. Vargas G.
Primera parte
Como todos los días, en la mañana, me traslado a la terraza, para recibir aire fresco que el viento arrastra desde el mar. Veo y siento el trajín de los viandantes que se dirigen a la estación de tren o al destino de su día. Los clientes del bar de la esquina toman su café caliente de la mañana en la pequeña barra terraza. Dos metros de cobijo reúne más de cuatro personas con el cigarro entre los dedos echando volutas al aire mientras comentan la noticia del día o intentan dar soluciones a los problemas del mundo. Hablan a todo pulmón con gente que circula por la acera del frente “nos vemos más tarde”, “hoy no hay gimnasio”, risas y más risas. Se sienten en libertad de elevar la voz más allá de lo cristianamente aceptable, como diría mi padre; aunque la calle no sea su casa, o la ausencia de barreras físicas les permite liberar sonidos explosivos del armario interior. Hoy el bar está cerrado. La calle sin voz. Vacía. Algún coche pasa a poca velocidad porque el semáforo que está a 60 metros les obliga a frenar poco a poco.
La temperatura a la sombra marca 28 grados a pesar de que las manillas del reloj señalan las 9:00. Miro mi entorno, las casas. Los objetos tienen colores llamativos. El verano da pinceladas magistrales en la naturaleza, acentúa colores, los retoca hasta obtener ese punto de intensidad que da vida a las cosas. En verano hasta las piedras y la arena tienen rostro alegre. A lo lejos el azul del mar se une al cielo en abrazo infinito.
Desde un primer piso, veo acercarse a una señora por la acera donde me encuentro. Su vestido ligero y azul con finas rayas blancas, apenas perceptibles, se mueve al compás de sus pasos. Después de mucho tiempo veo vestir como sugieren los modistas: sin ceñir el cuerpo, ni ocultarlo. Como lleva sombrero y gafas, supongo que se dirige a la playa. En su hombro izquierdo cuelga un bolso azul, en la mano derecha una silla plegable. Toda de azul, desde el sombrero a las sandalias. Si va a la playa tendría que llevar sombrilla. Me acerco a la baranda, otra señora camina a su lado con la sombrilla y un bolso grande colgado al hombro. La señora de azul, entre 70 y 75 años, al parecer, ha preparado con cuidado su indumentaria. Tal vez la costumbre le viene de pequeña.
Haydee N. Vargas G.
Segunda parte
Las madres y las abuelas forjan día a día a los niños de la casa, como piedras preciosas a las que se da forma para obtener la joya que desean, más si tratan de modelar a una niña, para que ni los años se atrevan a borrar la costumbre de cuidar el mínimo detalle de su vestimenta y el saber estar. Me imagino la dedicación de su madre y abuelas bordando vestidos, tejiendo sombreros, armando florecillas para la tiara de la princesa de la casa. Quizás debatían sobre calidad de telas y colores, mientras la niña las escuchaba o recibía el aprendizaje subliminal de estilo y modos. No me atrevo a pensar que esta señora, en su niñez, haya aceptado sin remilgos de desdén imposiciones de los otros, incluso de la familia. Aunque haya sido educada en su época en base a la obediencia y respeto a sus mayores.Todos los niños son seres con criterio único y esta señora que camina hacia la playa, mucho más o tanto como los demás.
A media cuadra, ella, la dama de azul, baja de la acera y empieza a cruzar la calle.
- ¡Cuidado, Ángela! Grita la amiga
Ángela la mira con expresión seria y contesta con firmeza
- Que no, te dije que no. Mientras continúa caminando
Un coche se acerca y frena bruscamente a un palmo de Ángela. Ella está pálida. No reacciona. El conductor sale del coche y va a su encuentro.
- ¿Se hizo daño? ¿Cómo se siente? La coge del brazo y la ayuda a cruzar la calle.
Después de que partió el conductor, una vecina, que vio todo desde su ventana a unos pasos del lugar del incidente, escuchó preguntar a la amiga sobre la respuesta incoherente que había dado a la advertencia de no cruzar la calle. Dijo que Ángela quedó en silencio algunos segundos hasta que habló en tono de confesión.
- Estuve pensando en la manía de mi abuela de comprarme vestidos rosas. Un día me rebelé y le dije que estaba hastiada de ese color y que no, que no, que no llevaría ninguna otra prenda rosa. La pobre, desde ese día no se metió más con mi ropa. De vez en cuando asalta mi cabeza la respuesta que di a mi abuela, revivo la escena y me descontrolo.
Al salir de casa me pongo los cascos, como cada día que voy a trabajar. Y escucho mi música favorita hasta la tres de la tarde. Al cabo de cinco minutos llego a mi primer destino, no es la primera vez ni será la ultima, en estos veinte meses que llevo en esto de limpiar comunidades acabas por repetir rutas, casas, escaleras con y sin ascensor y entradas, grandes y pequeñas, ostentosas o imposibles, pero a todas tengo que hacer lo mismo, barrer y fregar. Vaciar papeleras si hay y entumecer con un trapo húmedo las barandillas, ascensores y espejos posibles. En el primer rellano, veo a un padre con su hija de 6 años, después me fijaré en su alfombrilla. Y sabré algo más de ellos. Empieza mi turno y abro el armario de los utensilios, escoba, pala, fregona y cubo. Lo lleno de agua y subo al último piso y empiezo a barrer. Al llegar a las puertas, levanto el felpudo y lo sacudo, no todas tienen pero el de la primera propietaria, creo adivinar, esta sola. Acostumbro a adivinar quién vive de inquilino según la alfombra de la entrada. La de esta, son tres cactus. Alguien con tan sosa presentación en la puerta de su casa, debe vivir sola, con las plantas y sin gato me parece. Unos metros mas allá me peleo con otro felpudo diferente, este pesa más, es más grande y más grueso. Evidentemente aquí vive una familia numerosa, el dibujo lo dice todo, una silueta de una casa con las letras “Sweet home” y bastante pelo de animal, un perro grande seguramente. En la puerta siguiente, una alfombrilla delgada y de caucho me hace pensar que la inquilina es una mujer, joven y soltera, pragmática y con poco arte para la decoración de una casa familiar. Demasiada estilizada, la puerta es un de un blanco absoluto y combina a la perfección con el detalle a sus pies, una alfombra con un gato de perfil y un gato mas pequeño a su lado, esperando para entrar. No entendí bien el dibujo, como si de una doble lectura se tratara, o no quiere animales, y los deja afuera o los gatos encuentran aquí un hogar. En fin, memeces de las mías. Bajo al segundo piso, el primero que encuentro es un tópico viralizado por televisión “Bienvenido a la república independiente de mi casa”. No hay más que decir, una familia de tres, cuya conexión es la tele, la madre atenta a todo y el padre con ideas de un estado hecho suyo y el hijo rebelde que aún se deja domesticar. No quiero ni imaginar el día que fueron a Ikea a abastecerse de todo lo que no necesitaban. En otra puerta desempolvo un “Hola” simple y directo y me apetece pensar que son una familia con presunciones humanitarias, abiertos, coloquiales, de trato agradable, de puertas a fuera claro está. Me salto tres puertas más que no tienen alfombra o no la quieren y al final del pasillo me encuentro la que esta hecho de esparto, con colores apagados por el uso, de un paisaje con una casa. Debe tener una hija viajera y le trajo un regalo a mamá por no saber qué darle, por no conocerla lo suficiente. Me bajo al primer piso, ya me queda menos del primer bloque, hoy tengo media docena más. Y pienso en cada una de las personas que hay detrás de cada puerta pero que nunca me paro a investigar. Solo barro y friego.
Me llamo Oswaldo Rey y cuando me vine para acá fue el único trabajo que encontré y aún estoy en esto. En esto y aquello, haciendo chapucillas los fines de semana y limpiando el resto de los días. Cuando era pequeño en el colegio me llamaban por el apellido y me sentía glorioso, todos mis amigos siempre me decían que algún día, yo dominaría el mundo. Bueno, dominarlo no, pero me conozco bien mi territorio o al menos eso creo yo, aunque sólo sea a través de mi imaginación porque claro está no lo tengo todo comprobado. Yo voy a mi aire y hago lo que tengo que hacer pero que nadie me moleste, me conozco todas sus casas y sé que hay detrás de cada puerta. Ahora me animo porqué suena mi canción favorita, paso la escoba con mas intensidad y después fregaré.
-Papá!
-Dime hija.
-¿Porqué no te ha contestado el señor de la limpieza?
-Debe estar en sus cosas hija. No pasa nada, no todo el mundo contesta a los buenos días.
Y la niña se gira para observar como Oswaldo abre el armario de la limpieza. Que hombre más raro piensa ella y se agarra a su padre como si hubiera visto a un desconocido.
No quise mirar a la derecha para no encontrarme con el dueño del bar que ocupa los bajos del edificio. Cada mañana y siempre con una sonrisa, Diego es el primero que me saluda, mientras barre la calle o monta las mesas en la plaza. No es que no quisiera que él fuera el protagonista de mi historia, pero prefería a un desconocido con el que jugar, con una vida por inventar. Sigo la calle unos minutos, no veo a nadie y aumenta la curiosidad, estamos en julio y aunque es muy temprano ya aprieta el calor. Al girar por la avenida a pocos metros la veo venir de cara hacia mí. Los veo. A ella y al perro.
No va a ser sencillo, es todo tan anodino o para ser honestos tan insulso que va a costar sacarle punta. Se va acercando y dudo si le molesta el escrutinio, creo que tal vez ni me ha visto y yo me siento incapaz de tomarle una foto ni de cara ni de espaldas.
Ronda la cincuentena, quizás menos, el pelo corto y canoso, tan práctico como fácil de peinar. Ni flaca, ni gruesa, ni alta ni baja, ni guapa ni fea. Como atuendo unas bermudas de un azul que antaño fue marino y una holgada camiseta de algodón que un día fue blanca y hoy no sabría decir. En los pies unas simples chanclas negras. No se ha maquillado y creo no equivocarme si digo que hace mucho que no lo hace. Ningún atisbo de femineidad, ni masculinidad, ni personalidad. O quizás todo eso junto ya sea un rasgo característico.
Pues el perro, igual, desnudo eso sí, ni grande ni pequeño, ni alto ni bajo, pero feo un buen rato.
Fantaseo y me aventuro a ponerle nombre - Pilar -. Dias después, revisando el texto, escudriño entre los restos de la memoria, la razón del porqué y me sorprendo no conociendo a nadie con ese nombre que justifique tal nombramiento.
A Pilar la imagino viviendo de puntillas, no acercándose al fuego por si quema, llevando paraguas por si llueve, no tomando café por si no duerme, no queriendo ser feliz por si luego duele.
Porque a simple vista se le nota que en algún momento de su vida se quemó, se mojó, durante muchas noches no durmió y sobre todo algo o alguien le dolió.
Anda despacio como si cada pie le pesara como una vida, respirando aire, atesorando oxígeno, savia bajo los árboles, demorando, acaso, el volver allá de dónde vino. Puede ser que justo acabe un agotador turno de noche y antes de acostarse saque a pasear a Gremlin. Puede ser que hoy sea como ayer y ya haya perdido la esperanza y de que hoy sea también como mañana. Damnificada de alguna batalla, viva pero herida.
Deseo, que nada de lo que cuento sea cierto y me haya equivocado en todo. Me encantaría que anoche Pilar hubiera estado bailando hasta la madrugada o leyendo un libro en la cama o contemplando la luna en la playa. Desearía haberla llamado Miranda o Bárbara.
Confieso que hoy he salido diez minutos antes de casa para volver a verla, me he entretenido saludando a Diego, he dado la vuelta a la manzana, pero no hemos coincidido. Tengo la necesidad de sonreírle y de perdonarme haberla adjetivado.
En la misma avenida me he cruzado con un chico, que me mira de arriba abajo. Puede ser que yo me haya convertido en ese instante en una consigna para un aprendiz a escritor, pero como lo veo poco probable por si acaso repaso que tenga la cremallera del pantalón abrochada y no haya salido de casa con las zapatillas de estar por casa.
Diego, perdona, no me lo tengas en cuenta. Sé lo que te gustaría ser protagonista de algún cuento. Te la debo, siempre gracias por la buena onda. Otro día lo arreglamos.
Entonces, me fijé: era una señora de mediana edad, pelo corto y negro, se le adivinaba la mascarilla porque veía cómo las gomas asomaban por sus grandes orejas. Vestía anodina, camisa gris, falda beige hasta las rodillas y zapatos negros de corte salón. Arrastraba con dificultad el carro azul oscuro por lo que intuí que había comprado varios kilos de fruta ese lunes de mercado.
Pensé en ayudarla pero no quería que se tomara mi ofrecimiento como una ofensa a su estado óseo de salud.
La seguí con la mirada mientras caminaba por la calle con rigidez tirando de aquel tremendo carro que al lado de ella adquiría dimensiones de hormigonera. Así de pequeña era la señora. Hacía mucho calor aún siendo primera hora de la mañana, noté como el sol me despertaba de un golpe en la frente tras haberme quedado en pausa observando aquella criatura tirando del carromato como si fuese una diligencia. Había algo en aquella mujer que despertaba mi interés. La camisa seguía tirada. Talla grande, parecía tener manchas de sangre.
Volví a centrarme en la señora. Había llegado al final de la calle y se disponía a voltear la esquina donde estaba la recicladora de materia orgánica más grande de la comarca.
Imaginé que aquella mujer se llamaba Lila y que, o no tenía marido (porque si lo tuviese no le hubiera permitido tirar a ella sola del carro) o si lo tenía, quizás una grave enfermedad lo había dejado postrado a una cama hospitalaria, de esas que valen tus últimos ahorros. Ella lo tendría que cuidar sin descanso, lo que le estaría costando la salud propia. Sus hijos, si es que los tenía, eran unos egoístas desagradecidos y se habrían desentendido del cuidado de sus progenitores. La pensión de ella era tan paupérrima que ni siquiera podía pagar unas horas de una cuidadora a domicilio. Quizás, en un acto de culpa repentina, uno de sus vástagos, el que vivía en Bélgica, habría contratado a una de esas chicas peruanas tan necesitada como su propia madre, de nombre Cantuta, igual que la flor sagrada de los Incas.
Ni la diferencia de edad ni la raza ni el género ni el hecho de que Lila estuviese casada con su marido y con Dios a la vez, impidieron que surgiera el amor entre aquellas dos mujeres, carentes de cariño y dinero.
El único obstáculo entre ellas era el moribundo marido. Así que tramaron un plan, que aunque al principio desecharon por lo cruento de su ejecución, finalmente aceptaron como única vía para la consecución práctica de sus objetivos.
Así que le administraron insulina hasta matarlo, lo descuartizaron, metieron sus partes en el carro de la compra azul oscuro, las tiraron en la recicladora de materia orgánica, y siguieron cobrando cada mes la pensión del difunto mientras daban a entender al vecindario que el marido seguía postrado.
Las amantes no sintieron culpa ni arrepentimiento ni lamento, sólo alivio, libertad y tranquilidad.
Me las encontré hace unos meses en el mercado, iban cogidas del brazo, mientras la peruana tiraba del carro. Se las veía contentas, andaban ligeras, hasta parecía que la señora había crecido un poco. El amor sin ataduras le había devuelto algunos centímetros de estatura.
La semana pasada, vi a la asistenta. Iba sola y arrastraba con dificultad el carro azul oscuro. Al caérsele de éste un zapato negro corte salón, le pregunté si era de ella, a lo que contestó sin pararse y sin apenas mirarme: "No, no es mío".