Para el próximo encuentro el ejercicio de escritura que se propone deberá incluir la frase "...entonces sonó el teléfono". El formato y el género son libres, poema o prosa como relato de terror, de ciencia ficción, trama policial, ficción histórica o cualquier otro. Como en el momento de publicar esta propuesta aún está por determinar la fecha del próximo encuentro. éste se comunicará posteriormente. Como dijo el maestro, "que las palabras nos acompañen".
Para el siguiente encuentro se ha determinado escribir un relato de humor. El formato es libre y de cualquier tipo de humor: blanco, negro, absurdo, verde, amarillo... Se ha de publicar en el blog, como fecha límite, el lunes cuatro de julio. Si no se plantea una alternativa, la cita es en la playa delante del hotel Taurus de Pineda, el miércoles seis de julio a las 20:00h. Al igual que en el anterior encuentro disfrutaremos de un picnic literario playero.

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John Bisham estaba de los nervios, se había pasado unas tres horas dando vueltas por la habitación esperando una llamada. Tampoco es que pudiera hacer mucho más encerrado entre aquellas cuatro paredes: esperar para poder salir y mientras tanto, observar, pensar y sobretodo tranquilizarse. Esto último no lo llevaba muy bien. Tampoco ayudaba la decoración sobria de la sala. Un sofá sencillo pero elegante, para dos personas y de color gris, sin brazos ni reposa-cabezas, al estilo Bauhauss que decoraba el entorno. Un teléfono verde y sin números para poder llamar, colgado de la pared. Ayudaba quizá la planta de anchas hojas verdes, casi tropicales que se alzaba en uno de los rincones, descansando sobre una maceta del mismo color que la piel del sofá. Se podría pensar que sus hojas alicaídas podían insinuar como se sentían las personas que acababan en ese cuarto. John era una de esas. Cuando se acercó al macetero observó que la tierra estaba poblada de colillas, plantadas sin ton ni son en sus diferentes tamaños, marcas y tonos de boquillas que, otros como él habían enterrado en el único e improvisado cenicero disponible. ¿podría estar ahí la razón de esa hoja cabizbaja?. John se convenció que no, que la hoja, con sus años de vida, ya había aprendido a adaptarse al estado de ánimo de las personas que habían pasado por allí, que se había mimetizado con ellas. Son mucha gente seguramente, muchos años, muchas horas. Al poco rato, repitió el mismo gesto que hizo al entrar, cuando uno de los alguaciles lo invitó a entrar.
-Espere aquí dentro
-¿Por cuanto tiempo? -preguntó John avanzando unos pasos.
-Hasta que reciba su llamada, dijo sin más.
Y en ese mismo instante John miró su reloj, un acto reflejo que el guarda aprovechó para cerrar la puerta con llave.
John no pudo hacer más que una mueca de disgusto, resignación y desagrado, y observó de nuevo el reloj, deseando que el juicio acabara pronto pues las condiciones no eran las que él se había imaginado esa misma mañana; y era más que evidente que no tenia otra opción.
Desacato al tribunal – va!, memeces!, se dijo una y otras mil veces más, pero la realidad era que lo habían expulsado de la sala y su mujer estaba siendo juzgada, sola, por el pleito del vecino que, después de tantas amenazas, el capullo las cumplió. La mujer de John, Elionor, era dueña de la casa, y era ella quién debía presentarse delante del juez, aunque las barbacoas fueran cosa de John. Había estado denunciada porqué el humo de las barbacoas de los domingos inundaba la casa de al lado, mejor dicho, la habitación que, desde la ventana abierta permitía que emperifollase el cuartucho que el señor Zamensky, su ya odiado vecino polaco tenia en la segunda planta, la habitación de su hijo que se marchó a la guerra con los rusos y del que aún no habían tenido noticias. Tampoco es que las quisieran, o al menos John, pero Elionor siempre rezaba por aquel chaval que les había mal cortado el césped de la entrada unos cuantos veranos antes por unos míseros dólares.
-Desacato, ja! - gritó John a solas en la habitación, su paciencia ya la había perdido en la sala y quizá mucho antes, antes incluso de salir de casa esa misma mañana, al tener que acompañar a su mujer al juzgado y sentarse él detrás, aunque fuera de testimonio de cargo y hubiera hecho callar al juez con su vozarrón, sus insultos al ver entrar al hijo puta del vecino y por supuesto, interrumpir constantemente el juicio con gritos de desaprobación por lo que allí se contaba.
No hubo mas remedio, y el juez se enfureció, la sala aplaudió la orden y John fue acompañado para que saliera de la sala. Su mujer no levantó la cabeza, ya estaba triste antes de empezar con todo esto del juicio y de los abogados con los que se habían citado meses antes. Pero todos decían lo mismo: con un hijo en la guerra, tendrán las de perder, les obligaran a no hacer mas barbacoas y a pagar una multa de unos 2000 a 3000 dólares por no aceptar un acuerdo de convivencia. Un acuerdo que John rechazó sin que su mujer pudiera objetar nada, aunque fuera ella la denunciada, aunque fuera ella la que le rogaba que aceptasen el acuerdo, para evitar así un mal mayor, para evitar pagar un dinero que no tenían, pero no pudo convencerlo, ni luego, con la discusión que se alargó a altas horas de la noche. John no quería dejar sus barbacoas del domingo, ni menos pensar que su vecino extranjero se saliera con la suya.
John meneaba la cabeza lentamente, como un no, repetido un millón de veces. No le cabía en la cabeza que le privaran de poder hacer comida en su jardín, en su propiedad, bueno en la de su mujer, que ya lo amenazaba en que debía largarse de su casa, no tenía trabajo des de hacia unos años, y las tardes las llenaba de cervezas que se amontonaban en bolsas de basura para jardín en el garaje pendientes de tirar algún día.
-Si pierdo John, si por tu maldita estupidez tengo que pagar la multa, ya te estas largando de casa! - le dijo altamente enojada Elionor la noche antes del juicio.
John tenia los nervios a flor de piel, encerrado en ese cuarto de los juzgados, desde ya no sabia cuantas horas, esperando una llamada, la noticia que pondría fin a la demanda, la que supuestamente saldaría las rencillas con el jodido vecino, la que quizá le destrozaría la vida a John, si es que no estaba suficientemente destrozada.
Entonces sonó el teléfono.
P ARTE I
La noche anterior no había dormido bien y me sentía especialmente cansada durante mi jornada laboral, así que decidí desconectarme con el despacho y cerré el ordenador. Esa era una de las ventajas del teletrabajo, nadie controlando mi horario. Para la correduría lo único que importaba era que yo llegase e incluso, mucho mejor, superase el objetivo de facturación que cada mes me imponían. Eso nunca me preocupó porque yo sabía desde hacía ya tiempo que era la agente de seguros que más pólizas vendía.
Me regalé una ducha tibia, me serví una copa de Frangelico y me estiré en la chaise longue tan larga como soy. Poco a poco el sopor fue ganando a la vigilia y entonces sonó el teléfono.
Como no podía dejar de responder por si algún asegurado me necesitaba por cualquier urgencia o consulta, me incorporé de un respingo y con voz aún adormilada dije:
-. ¿Dígame?”
-. Buenas tardes Señorita, mi nombre es Efraín Lucena y la estoy llamando desde Vodafone para comunicarle que usted ha sido la afortunada beneficiaria de una oferta especial para su línea fija con seiscientas megas de Internet, y datos ilimitados para el teléfono móvil que le regalamos sin coste alguno por el mismo. ¿Es usted la titular de su actual contrato de servicio de telefonía? ¿Con qué compañía?
-. Discúlpeme Fermín, pero no contemplo en este momento cambiarme a otra compañía.
-. Perdóneme señorita, pero mi nombre es Efraín, si me dice su nombre para poder dirigirme a usted estaré encantado de informarle en detalle de la oferta.
-. Ya. Seguramente es interesante pero le repito que no me planteo cambiar. Pero si me deja comentarle un tema le prometo que luego escucharé su oferta, ¿Qué le parece? Por cierto, mi nombre es Judith.
-. Ay, señorita Judith, no me está permitido este tipo de llamadas.
-. Efraín, ¿está usted haciendo teletrabajo?
.- Pues sí.
-. Entonces no se preocupe, no podrán saber si el tiempo de su llamada ha sido para intentar convencer a un posible nuevo cliente. Le aseguro que luego yo escucharé su oferta si antes me deja hacerle alguna pregunta sin compromiso por su parte.
-. De acuerdo, la escucho señorita- dijo con un suspiro de resignación.
-. Dígame Efraín, ¿está usted casado?
-. Sí
-. ¿Y tenéis hijos?
-. Tres
-. ¿Qué edades tienen?
-. Doce la mayor, y dos varones de ocho y seis.
-. ¿Y vives en una casa propia o de alquiler?
-. Judith, disculpe, pero ¿por qué le interesa?
-. Ya verás por qué Efraín. ¿Propia o de alquiler?
-. Propia, aunque por ahora es aún más del banco que nuestra.
-. ¿Y nunca has tenido un siniestro en tu hogar? ¿No se te ha roto nunca una cañería de agua o un electrodoméstico o un cristal de las ventanas?
-. Bueno, una vez tuvimos un problema en el techo del baño por culpa de un escape de agua en el piso de arriba.
-. Y el arreglo te lo pagó el vecino, ¿cierto?
-. ¡Qué va!
-. ¿Y lo pagaste entonces de tu bolsillo y luego ese vecino no te lo recompensó? ¡Unos dineros, supongo!
-. ¡Pues sí!
-. Y dime Efraín, ¿tus hijos tienen una buena cobertura sanitaria?
-. ¿Cómo?
-. Te pregunto como padre si frente a un accidente jugando en el parque o en el cole o incluso en casa ¿tú crees que puedes contar con un especialista cerca de tu casa y de forma inmediata, sin esperar horas y horas en la fría sala de urgencias de un CAP mientras tu hijo llora de dolor por ese esguince de tobillo o por esa fiebre que le quema todo el cuerpo?
-. ¡Ay, espero que eso nunca le pase a ninguno de mis hijos!
-. ¿Y cómo lo vas a evitar? ¡Te sentirías peor que ellos porque en la sala de espera no podrás asegurar que te atiendan ni rápido ni por un especialista! Piensa que casi todos en urgencias son médicos jóvenes, sin experiencia y sin formación especial para cada caso. Con suerte te derivarán a un especialista que te dará cita cuando ya sea tarde.
-. ¿Tan mal está la atención pública?
-. Mal no, ¡peor! Pero hoy tienes la suerte de cara.
.- ¿Por qué?
-. ¡Por obra del destino, o del azar o la suerte que siempre le acaba llegando a la gente buena y trabajadora como tú, amigo Efraín! ¿Tienes un correo electrónico al que pueda enviarte documentación?
.- ¿De qué documentación me hablas?
-. Verás, al igual que tú, yo soy agente oficial de la compañía La Buena Estrella de Seguros, y por ser tú, porque veo que te preocupas por tu casa como cabeza de familia y por tus hijos como padre que me has demostrado ser, te voy a facilitar contratar una póliza combinada Salud+Hogar con una condiciones económicas que sólo estoy autorizada a ofrecer a un nuevo cliente este mes. Un cincuenta por ciento de descuento por contratarla antes de cuarenta y ocho horas desde que te hago esta oferta. Yo te envío ahora mismo toda la información detallada y el formulario de contratación para que se expliques a tu esposa y me lo devuelvas firmado mañana mismo.
.- De acuerdo, mi correo es Efralu@mimail.es
-. OK Efraín, ahora mismo te lo mando. Cualquier cosa, ¡ya sabes mi teléfono, jajajá!
-. ¡Sí, jajajá! Muchas gracias Judith, seguro que mañana te mando la documentación firmada. Muchas gracias otra vez.
-. De nada Efraín. Hasta mañana. Buenas noches para ti y para tu familia. Un placer conocerte.
Bueno, pensé, el pobre ni siquiera se acordó de mi compromiso. “Eres la hostia, Judith”, me dije al tiempo que me estiraba de nuevo en la chaise longue mientras me servía otra copa de Frangelico.
Diez minutos más tarde el sopor volvía a envolverme. Entonces sonó el teléfono.
-. ¿Diga?
-. Buenas tardes señorita, mi nombre es Eliana Vargas y la estoy llamando desde la compañía Orange…
Las tardes en el pueblo, sin más que hacer, se juntaba en un banco de la Plaza del centro con Héctor, Ignacio y Camilo siempre bajo la sombra de los pinos. Alfonso llegaría unos años después, así como la batería, el bajo y los teclados y todos ellos. Amigos e instrumentos formaron un grupo musical que más adelante se convertiría en Alpha 7.
Los Alpha 7 tocaban cada sábado en sesión de tarde y de noche en el Salón Tricala a las afueras de La Mira alternando géneros como el romántico, los corridos, las rancheras y las cumbias hasta especializarse al final de su trayectoria en el ritmo de la Tierra Caliente donde combinaban la música, la danza y la poesía campirana. Llegaron a grabar una treintena de discos, tantos discos como años estuvieron en escena y una amplia serie de recopilatorios como , < y sonó el teléfono>, y entre los más aclamados en México y la comunidad centroamericana en los Estados Unidos.
Durante todos esos años Agustín no falló ni un solo día a su visita al puestito, hasta que fue a Doña Agustina a quien le fallaron las fuerzas y la vida.
Huérfano de madre y de amor que no fuera la música, Agustín abandonó el grupo y dejó a Michoacán y a los amigos para intentar su aventura americana. Hoy, reside en Yucaipa, en el condado de San Bernardino, California. Está grabando un nuevo disco en solitario y más viejo, más calvo y más sabio, pero todavía con su espeso bigote se gana los panes, los beef y los jornales actuando en celebraciones cantándole a su tierra caliente.
“Y Sonó el teléfono”
Sonó el teléfono
Nunca pensé que eras tu
Ay me dio alegría
Sabia que un día me volverías a buscar
Con el tipo por el que me dejaste sé que la pasas muy mal
Ay que arrepentida buscas conmigo de nuevo felicidad
Que voy a hacer me duele tanto
Si tu amante lo buscaste que puedo hacer
Vuelve con él con ese llanto
Cuando a mí me abandonaste me partiste el corazón
Sufreee
Con el tipo por el que me dejaste sé que la pasas muy mal
Ayy que arrepentida buscas conmigo de nuevo felicidad
Vuelve con él con ese llanto
Cuando a mí me abandonaste me partiste el corazón.
Se amontonan los recuerdos olvidados,
Y se olvidan las memorias.
La respiración se atasca,
La sangre se congela,
El sudor quema,
Se abren las cicatrices, y se cierran las venas.
Entonces, suena el teléfono, y aparece un halo de esperanza que de inmediato se quiebra porque la voz al otro lado ordena: "Atadla a la cama"
Y es así como regresan los monstruos negros, ocultos tras las batas blancas.
Y los miedos se alimentan de mi cuerpo como los gusanos de un muerto.