Para el siguiente encuentro se ha determinado escribir un relato de humor. El formato es libre y de cualquier tipo de humor: blanco, negro, absurdo, verde, amarillo... Se ha de publicar en el blog, como fecha límite, el lunes cuatro de julio. Si no se plantea una alternativa, la cita es en la playa delante del hotel Taurus de Pineda, el miércoles seis de julio a las 20:00h. Al igual que en el anterior encuentro disfrutaremos de un picnic literario playero.
Taller literari. Treballarem amb ‘consignes’que són paraules o frases disparadores per tal d’escriure a partir d’aquestes.

Comentaris
Abans de sortir el sol havia rebut el missatge:
-Et ve de gust estirar les cames? - en va preguntar vora les sis, jo ja estava despert així que no li vaig donar importància sabent de qui provenia.
-A quina hora? - vaig escriure immediatament.
-D'aquí a mitja hora davant el far?. Massa aviat per tu?
Al far té un mirador espectacular i vaig arribar a temps per veure la sortida del sol, ella ja m’estava esperant vora el mur, a sota s’estenia tota la grandiositat de la platja i a mitja llum, el sol aparegué en l’horitzó, lentament, com si acaronés la superfície de l’aigua i llisqués per tot el cel fins trobar petits núvols perduts que canviaven de color a mesura que el sol creixia.
Ens vam mirar als ulls uns segons.
-Que maco, no?, va dir ella amb un somriure d’orella a orella i es va tornar a girar per observar de nou el paisatge.
-I tant! - vaig dir jo mentre l’observava pensant què era més espectacular, si el paisatge o el seu somriure.
La sortida dels sol va durar pocs minuts i quan el dia ja es va fer clar, ens vam encaminar cap a les roques, era un passeig curt però vora el mar i a una temperatura molt agradable. Abans però, d’arribar a la costa, ens vam desviar per pujar a les torretes, unes fortificacions de telègraf òptic que servien per enviar senyals de llum a altres poblacions quan encara no hi havia el telègraf. Ara estaven derruides i només queden restes del que havien estat. No ens vam entretenir gaire i vam seguir el camí de baixada, cap a la platja, al costat de la Roca Grossa. La mar no estava en calma, de segur que l’aigua estava ben freda i les onades, blanques i amb molta escuma arremetien costra la costa, incessants. Al camí de baixada, gairebé d’una pendent de dificultat alta ens van anar ajudant, agafant-la de la mà de tant en tant perquè no rellisqués en els trams més complicats.El contacte amb la seva mà em transmitia tendresa i alhora nerviosisme, l’agafava fort per assegurar-me que podia recolzar-se ben segura però els instants en que ens apropaven em resultaven seductors i excitants. Començava a fer calor, però la seva olor m’arribava tant fort com l’olor dels arbres que ens envoltaven. En un parell de desnivells es va arrepenjar a les espatlles i la seva mà va resseguir tota la meva esquena com una caricia intencionada. Va somriure al passar-me al davant i i jo vaig deixar que el calfred acabés de recorre la columna. Va ser un bàlsam de plaer inesperat.
Vam creuar el pont de fusta i els ulls se'ns anaven a l’aigua fins que vam arribar a la platja. En un espai petit, on encara hi havia prou sorra per estirar un parell de tovalloles, dos homes nusos prenien el sol. No ens vam saludar, però ens van seguir amb la mirada fins que varem marxar. Quan van tombar el rocam, ja deixant-los enrere, ella es va recolzar de nou a les meves espatlles.
-Quina sorpresa!,no? - va dir-me a cau d’orella mentre reia. I va sortir corrents esquitxant-se amb la sorra i l’aigua.
-Eps!, - vaig dir, però ja no em sentia, s’havia allunyat prou com per no sentir-me amb l’espetec de les onades.
Un mar embravit va expulsar l’aigua que cavalcava, de poc que no l’atrapava i de l’ensurt, es posà a riure descaradament cara al mar, com si juguessin tots dos a alguna cosa improvisada. M’apropo i em mira i l’observo com desprèn felicitat, està ufanosa i al veure’m tan a prop, abans de parlar, es passar la llengua pels llavis.
-Encara és salada! i em pica l’ullet, com si l’hivern no hagués pogut vaporitzar l’estat de la mar i es sentís momentàniament desilusionada.
Van caminar uns llargs metres més fins arribar al peu del far, allà on ens haviem trobat de matinada però a 500 metres més a dalt.
He quedat amb el meu marit -va dir amb cara de disgust- però m’ha encantat fer aquesta passejada- i sense esperar resposta, va marxar. Encaminant-se molt més per desaparèixer de la meva vista.
Embadalit, la vaig observar, gaudint d’aquell paistage que presenciava.
Esta mañana discutimos por quién de los dos había olvidado ir a buscar el pan para el desayuno. Yo insistí en que habíamos quedado en que sería ella, a la vuelta de su trabajo; ella me recriminó que “como siempre no me prestas la suficiente atención cuando te digo las cosas”.
No quise continuar con el asunto, preferí desayunar sin las tostadas de cada mañana y antes de tomar el café con leche me metí en el baño para afeitarme y tomar una buena ducha caliente que enjuagara mi enfado.
Estaba enjabonándome la cabeza y por eso no oí como la mampara de la ducha se abría y ella entraba, desnuda, y me abrazaba por detrás.
- Lo siento amor mío-, me susurró al oído.
- Yo también -, le respondí sin darme la vuelta.
Sus manos apretaron fuerte mi pecho y su cuerpo se pegó al mío, mientras con sus labios besaba, primero mi nuca y luego el lóbulo de mi oreja derecha que enseguida lamió con suavidad. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo para enseguida transformarse en un temblor irrefrenable en mi vientre.
Aún sin darme la vuelta acaricié con mis manos primero sus muslos, luego sus nalgas y finalmente su sexo. Sentí que también ella temblaba con fuerza mientras de su garganta brotaban gemidos como los susurros de un animalito en celo. Entonces ella recorrió mi pecho y mi vientre clavándome suavemente sus uñas. Cuánto placer me provocó eso, placer que se transformó en un fuerte jadeo cuando con fuerza agarró mi pene, que ya estaba tieso.
Empezó a masturbarme suavemente, como cuidando de que no eyaculara pronto para continuar gozando lo más que pudiera. Yo comencé a frotar también suavemente con mi mano su clítoris. Sus gemidos eran ahora más profundos.
- Así, sigue así, me encanta, no pares-, me decía con la boca entrecerrada, apretando los dientes.
- Sí, sí, tú tampoco pares de tocarme el pene, me encanta, me encanta, así, no pares tú tampoco- le susurré al oído.
Entonces me di la vuelta. Sus pezones estaban tan duros y grandes que enseguida los besé con delicadeza pero con la pasión que me desbordaba por completo. Sus pechos eran hermosos, redondos, grandes, blancos como la leche; se apretaron contra mi pecho y poco a poco su lengua fue lamiendo el camino que la llevó, ya de rodillas, a meterse mi pene en su boca y jugar con él como si fuese una piruleta. Yo entonces cogí su cabeza con mis manos y empecé a sacudírsela hacia atrás y adelante; el placer que sentíamos era inmenso.
Gritos y gemidos y gritos y gemidos y más gritos y más gemidos.
Se puso de pie y me dio la espalda, el agua de la ducha bañaba ahora su cuerpo. Le abrí las nalgas y le introduje mi miembro en su vagina.
Llegamos los dos al mismo tiempo a un orgasmo interminable, animal.
- Te amo, ¡cabrón!- me soltó con una risita.
- Y yo a ti, ¡guarrita!
Salimos de la ducha, nos vestimos, desayunamos galletas y nos fuimos cada uno a su trabajo. Los dos sabíamos que esta mañana llegaríamos algo más tarde.
Estaba en el probador intentando enfundarse los tejanos estilo "slim fit" pero a media pierna de úno se sintió agotada y herida en su orgullo. Así que maldiciendo entre dientes la tiranía del tallaje 'prêt-à-porter' casi adolescente, gritó: "Perdona, ¿me traes una talla más?"
Al cabo de unos minutos una voz masculina le espetó con tono autómata: "Aquí están".
Apartó la cortina lo suficiente para que le pasara los pantalones mientras con el resto de tela se tapaba el cuerpo semidesnudo. Entonces reparó en la mano que sostenía la prenda: grande, recia. De manera impulsiva cogió aquella mano poderosa y se la metió entre sus muslos. Notó que, al principio, se resistía pero en unos segundos ya había adquirido la suficiente iniciativa como para moverse sola y juguetear con sus labios. Sintió cómo sus dedos exploraban trémulos su sexo húmedo. Ella tiró de su mano arrastrándole hacia dentro del vestidor. Los dos se fundieron en un beso caliente y en un momento, que apenas duró cinco minutos, ya habían recorrido, lamido y mordido cada rincón de sus cuerpos. Se sintieron úno dentro del otro y jadearon y gimieron para adentro, en silencio, tragándose todo el placer, engulléndose con prisa, acelerándose los orgasmos y acallando los sonidos guturales de sed carnal.
Él salió primero, no sin antes susurrarle al oído pícaramente que había sido un polvo fantástico. Ella, salió después, aún acalorada. Se dirigió hacia la caja para pagar los pantalones slim fit, el blaiser color crudo, la falda boho, los botines de tacones imposibles, el bolso negro con cadena y remaches plateados, el vestido corto de flores, y la cazadora tejana ajustada que la hacía parecer más joven.
Al salir de la tienda, su marido cargaba con todas las bolsas, pero esta vez su cara no era de hastío. En esta ocasión, era él quien vestía una sonrisa que iluminaba, como un foco, la calle entera.
Por fin, había encontrado la fórmula para que su marido le acompañara a ir de compras de buen humor, y se sintió tan satisfecha como lo había estado hacía unos pocos minutos en aquel probador convertido, sólo para ellos, en un oasis de deseo y lujuria.
Otra vez deseé provocar el encuentro. Había pasado más de una semana y estaba sedienta. Me quité toda la ropa menos la braga, aparté la colcha que cubre la cama, me estiré sobre las sábanas y cerré los ojos.
Se abrió la puerta de la habitación y él entró ya desnudo.
Cada vez que su cuerpo sensual se acercaba a mi cama me volvía loca de excitación; el olor de su juventud de adonis hacía que se me erizara hasta el último y más recóndito vello de mi cuerpo de mujer madura.
Sin hacer ruido, sin decir ni una palabra se inclinó sobre mi cuerpo sin tocarlo. Cogió mi mano con la suya y comenzó a recorrer mi cuerpo con suavidad, acariciando primero mi cuello y luego fue deslizándola poco a poco hasta mis pechos. Tocándolos hacía que me retorciera de placer. Gemí temblorosa. Mis pezones parecían dos botones de nácar, suaves pero duros como dos diamantes, los acarició una y otra vez mientras mi sexo se iba humedeciendo más y más. Yo ya quería que me penetrase. Mis piernas, del placer que sentía, se estiraron tanto que casi me dolieron. Mi boca comenzó a secarse porque mi respiración era ya un jadeo caliente y ansioso, como el de un corredor de fondo que está a punto del infarto. Y yo ya estaba a punto del orgasmo.
Entonces sentí como dos dedos se deslizaron por dentro de mi braga y empezaron a acariciar mi pubis con dulzura para luego, sin prisa, frotarme el clítoris que se puso duro como si fuera un pequeño pene erecto. Entonces llegó el momento lo que yo ya deseaba como una gata en celo, los dos dedos penetraron en mi vagina mientras que con la otra mano continuaba el roce, ahora frenético, de mi clítoris. Tan mojada estaba del placer creciente que no pude evitar gritar y gritar y gritar una y otra vez hasta que todo mi cuerpo estalló como un polvorín lleno de dinamita.
Me quedé quieta, relajada, con los ojos aún cerrados y la suavidad que deja en la piel un buen polvo.
Él se desvaneció mágicamente tal como había aparecido.
Abrí entonces los ojos y pensé, otra vez,” ¡qué bien que funciona el bendito Satisfyer!”